Arqueología, un cargamento romano en el lago de Neuchâtel y nuevos hallazgos en la Llanura de las Jarras
Dos hallazgos distantes casi nueve mil kilómetros — un naufragio del siglo I d.C. en los fondos suizos y materiales funerarios asociados a las jarras de piedra de Laos — muestran cuánto pesa el contexto material en la reconstrucción de rutas comerciales y ritos antiguos. La noticia procede por el momento de una única fuente.
En el fondo del lago de Neuchâtel, en Suiza, se ha localizado el cargamento de una nave romana hundida en el siglo I d.C.: cientos de objetos, descritos en muy buen estado de conservación. Entre los materiales figuran recipientes de cerámica y contenedores destinados al aceite de oliva importados de la península ibérica. La recuperación está a cargo de la oficina de arqueología cantonal, según refiere Artribune.
El detalle menos visible del hallazgo se refiere a los tiempos. El descubrimiento se remonta a finales de 2024, pero se ha hecho público solo recientemente, para permitir la planificación de la puesta en seguridad del cargamento. Es una elección recurrente en la arqueología subacuática, donde el anuncio anticipado de un yacimiento intacto expone su ubicación antes de que estén listas las medidas de tutela. El retraso, en este caso, forma parte del método de trabajo, no es un efecto colateral.
La presencia de contenedores de aceite llegados de España en un espejo de agua prealpino indica que el cargamento no era de producción local: mercancías mediterráneas remontaban las vías fluviales internas de la Europa continental ya en el primer siglo del imperio. Cuánto pueda decir este único pecio sobre la intensidad de aquel tráfico queda, sin embargo, por establecer: hasta que no se publique el inventario completo de los materiales, el hallazgo documenta un viaje, todavía no una ruta estable.
A miles de kilómetros de distancia, en la provincia de Xieng Khouang, en Laos, la Llanura de las Jarras ha entregado campanas de aleación de cobre, recipientes funerarios de cerámica, dientes y fragmentos óseos humanos, todos asociados a los grandes contenedores de piedra que dan nombre al sitio. Los materiales se atribuyen a prácticas funerarias secundarias, aquellas en las que los restos se tratan y depositan en un momento posterior a la muerte, y no a sepulturas directas dentro de las jarras. El sitio está inscrito en la lista del patrimonio mundial de la Unesco desde 2019.
Las jarras de piedra de la Edad del Hierro son conocidas desde hace décadas, pero su función ha sido durante mucho tiempo objeto de discusión ante la ausencia de materiales asociados fechables con seguridad. Hallazgos como las campanas metálicas y los recipientes cerámicos desplazan la cuestión del terreno de la hipótesis al de la constatación arqueológica: son objetos que acompañan un rito, y su posición respecto a las jarras es una información que el monumento de piedra aislado, por sí solo, no proporciona.
Sobre ambos hallazgos debe declararse un límite de verificación: la noticia procede por el momento de una única fuente (Artribune); no hay ninguna confirmación independiente disponible. Faltan además, en el material consultado, el número preciso de los hallazgos laosianos y la datación absoluta propuesta por los excavadores. Quedan constatados, en el estado actual, el perímetro operativo — la recuperación del cargamento suizo a cargo de la oficina de arqueología cantonal — y la tutela internacional de la Llanura de las Jarras, inscrita en la Unesco desde hace siete años.
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